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Rabietas infantiles: cómo entenderlas y gestionarlas

Nov 24, 2016 | Apego, infancia, Regulación

Victoria Sánchez López, psicóloga clínica col. M-20228, terapeuta EMDR infantil, adolescencia, familia y adultos

Para poder manejar las rabietas de nuestros hijos, lo primero que debemos hacer es entenderlas.

Empezamos definiendo las rabietas como una conducta habitual que forma parte del desarrollo sano de los niños pequeños. Es muy importante este punto de partida, ya que debemos desechar la connotación negativa que muchas veces llevan asociada: que los niños los hacen aposta, que es para fastidiar, que es porque son malos… Vamos a olvidarnos de todo esto.

Las rabietas tienen una función muy importante en los niños, que es expresar una necesidad (ej: sueño, alimentación, higiene, contacto…) y/o un estado emocional. Dado que los niños pequeños aún no tienen recursos para manejar la frustración por ejemplo, cansancio, disgusto…la rabieta le permite gestionar este malestar emocional.

¿Por qué? Porque la rabieta es una forma de comunicación que pone en alerta a los adultos, que durante un episodio de malestar en el niño, son los únicos que pueden calmarle. Como decíamos antes, los niños no tienen recursos para gestionar la frustración, ni la rabia, la tristeza… es decir, no tienen la capacidad de autorregularse con la que sí contamos los adultos. Así, es necesario ayudarles a calmarse en ese momento.

Para entender un poco más a nuestros pequeños tenemos que tener algunas nociones de psicología evolutiva, y por ejemplo saber que cerca de los 2 años los niños van conformando su identidad como una persona independiente, teniendo la necesidad de expresar y afirmar esta identidad (muchas veces usando el “no” a lo que el otro le propone). Sin embargo, las limitaciones para expresarse verbalmente van a dificultar esta expresión, lo que en muchas ocasiones generará frustración. Por ejemplo, si quiere mostrarle a un adulto que ha conseguido algo por sí mismo. Otras limitaciones que va a ir encontrando es que hay que respetar a los demás, no puede hacer todo lo que quiere, descubrirá así que hay otra identidades que debe tener en cuenta. Todo esto es un proceso gradual en el que los adultos deben acompañarle, enseñarle y ayudarle, con la mayor paciencia posible, mientras desarrolla sus habilidades comunicativas y lingüísticas. No debemos evitar cualquier situación que genere frustración, sino ayudarle a gestionarla, fomentando su autonomía.

Teniendo esto en cuenta, podemos situar el periodo crítico para las rabietas entre los 2 y los 5 años, aunque pueden darse en otros momentos.

Ahora bien, cuando un niño explota en un estallido de llantos, pataletas en el suelo, se deja caer, arroja objetos, grita, etc., muchas veces los adultos no reaccionan con la calma necesaria para poder calmar al niño, lo que hace que la situación empeore. Así, la principal dificultad para manejar las rabietas, es la emoción que genera en el adulto: ansiedad, vergüenza, culpa, rabia, tristeza, impotencia, desesperación, frustración, miedo a ser demasiado estrictos, miedo a perder el control, etc.

¿Cómo podemos minimizar las rabietas de los más pequeños?

Para contestar esta pregunta debemos recurrir a la importancia de los límites en el desarrollo psicosocial de los niños.

Hablábamos antes del proceso que el niño inicia con 2 años, de diferenciación e independencia, y decíamos que el niño va aprendiendo que tiene que respetar a los otros. Para poder ayudar a los niños en esta tarea es muy importante cómo los adultos ponen límites. Los límites son un derecho del niño y una obligación del adulto, ocupando un papel fundamental en la formación de los valores y  normas de convivencia. Permiten anticipar y  proporcionan seguridad. Además, enseñan al niño a gestionar los impulsos que no pueden gestionar solos, entrenan la paciencia, la tolerancia a la frustración facilitando la reflexión y la capacidad para comprender los sentimientos de los demás, fomentando la responsabilidad. Sirven como una guía para el niño (muestran el camino seguro), les protegen, favorecen un desarrollo sano de la autoestima, ya que se sentirá cuidado, querido y aceptado.

¿Cómo deben ser los límites?

  • pauta verbal breve y clara
  • los adultos deben ser los primeros en cumplirlos (facilita la imitación)
  • constantes
  • no improvisados
  • hacer referencia a los comportamientos (ej: decir “no pegues”, en lugar de “no seas malo”)
  • informar sobre el sentido del límite (ayuda a que lo internalice)

Para conseguir esto es fundamental que los adultos referentes para el niño se pongan de acuerdo previamente con el fin de dar un único mensaje al niño. En muchas ocasiones, las rabietas de los niños se relacionan con desacuerdos en este sentido.

¿Qué no hacer?

  • el límite no debe ser consecuencia del estado de ánimo del adulto, como una descarga (si estamos en un estado mental alterado es mejor posponer la consecuencia o lo que queremos decirle)
  • juzgar o estigmatizar (ej: no decirle “eres un llorón”, sino preguntar “¿te has hecho daño y por eso lloras?”)
  • dar explicaciones largas (dejará de prestar atención, perdiéndose la importancia del mensaje).
  • amenazar, humillar, ignorar, comparar o insultar (estas situaciones generan violencia, impotencia, resentimiento y quiebran la autoestima del niño)
  • gritar (un grito es violento, y es esto con lo que se queda la persona, no con el mensaje. Si es habitual no tendrá efecto en situaciones de peligro ej: si va a meter los dedos en un enchufe).

¿Cómo favorecer la expresión y regulación emocional de los niños?

  • estimulando el reconocimiento y verbalización de sus sentimientos y los nuestros como adultos.

Así ayudamos a que reconozca y comprenda los sentimientos de los demás y pueda respetarlos (ej: estoy enfadada porque se me cayó un plato al suelo y se rompió)

  • intentando comprenderles y siendo empáticos ayudaremos a que se sientan reconfortados

ej: ya sé que estás enfadado, y a mí me pasa lo mismo si.. O me pasaba lo mismo a tu edad cuando…

  • reconocer explicitando los logros sin mencionar conductas anteriores inadecuadas

Por ejemplo, no decir “hoy lo hiciste muy mal, no como el martes que tardaste 2 horas en bañarte”, ya que si no lo último dicho quita valor a  lo anterior.

  • dar opciones limitadas para elegir

Así el adulto elige la actividad, pero el niño siente que se le respeta y se le tiene en cuenta. Ej: vamos al parque, ¿qué zapatillas quieres, rojas o verdes?

  • No ceder por evitar una situación incómoda (ej: si quiere un caramelo y tú como adulto has decidido no comprarlo, no hacerlo por la rabieta, sino ayudarle a calmarse). No mostrar discrepancias los adultos, no discutir
  • Mantener la calma, mostrar cariño en lugar de enfado
  • Recordar que una rabieta es la forma que le niño tiene de expresarse, y que nuestra tarea como adultos es enseñarle a tolerar y afrontar la frustración.
  • Ayudarle a identificar sus emociones y expresarlas con palabras
  • Facilitar otras vías para descargar la tensión: el juego, el humor…

Podemos concluir que es importante que los padres puedan traducir qué emoción o necesidad hay detrás de una rabieta, para poder calmar al niño. Enseñándole una y otra vez cómo hacerlo es como el niño a aprenderá poco a poco a hacerlo por sí mismo, generando sus propias estrategias de regulación emocional. Es la base para generar un apego seguro. Debemos poder transmitir que haga lo que haga siempre le queremos y le comprendemos, aunque a veces no estemos de acuerdo.

Si como adultos no entendemos lo que pasa y nos enfadamos ante las rabietas, las ignoramos, nos fijamos sólo en lo conductual sin atender lo emocional, etc.  entorpeceremos este proceso de autonomía necesario en el niño, protector de futuros problemas psicopatológicos en la vida adulta.

En ocasiones puede haber dificultades para traducir lo que le ocurre al niño o para mantener la calma, si por ejemplo las rabietas son continuas, si hay un alto grado de estrés familiar, si hay conflicto o desacuerdo entre los adultos de referencia, problemas emocionales en los adultos, etc.  En estos casos debe buscarse ayuda profesional para llegar al equilibrio emocional del niño y la familia.

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